
En “Ensayo sobre la lucidez”, José Saramago advierte sobre el peligro institucional de mirar la realidad con los ojos entrecerrados, simulando ceguera ante lo obvio. Algo similar ocurrió cuando la ministra de Medio Ambiente, Francisca Toledo, sostuvo en CNN Chile que existe «divergencia» sobre la responsabilidad humana en la crisis climática. Intentar relativizar su raíz antropogénica es un peligroso retroceso que choca de frente con la evidencia, dejando de ser sólo una imprecisión o una mala salida comunicacional.
El sexto Informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático califica como «inequívoco» el hecho de que la actividad humana ha calentado la atmósfera, el océano y la Tierra. No hay dos bandos equivalentes debatiendo en algún laboratorio, las academias de científicos climáticos, paneles y organismos con publicaciones activas concuerdan en esta causalidad. El aumento drástico del dióxido de carbono disparado desde la era industrial debido a la quema de combustibles fósiles, es la firma estampada de nuestra propia huella en la biosfera. Sostener que «hay divergencia» equivale a decir que la ley de gravedad sigue bajo discusión o que la Tierra es plana.
Aceptar el cambio climático aislando la culpa del ser humano es como el capitán del Titanic intentando culpar al iceberg por cruzarse en su camino, ignorando la velocidad a la que él mismo conducía el barco. La Ley Marco de Cambio Climático -mencionada por la Ministra- nació de la urgencia técnica por mitigar nuestras propias emisiones de gases de efecto invernadero, no de una mirada compasiva.
La política ambiental no puede permitirse la ambigüedad de la duda desde un cargo ministerial. Para liderar la transición ecológica y proteger la naturaleza es indispensable la lucidez absoluta. Coquetear con el negacionismo climático confunde a la ciudadanía, debilita nuestra posición a nivel internacional y condena a las futuras generaciones. El diagnóstico científico es una certeza absoluta y la responsabilidad es enteramente nuestra, la ciencia ya dictó su veredicto y la historia no perdonará a quienes decidan ser cómplices de su propio incendio, aún cuando griten incesantemente al cielo para que se detengan las tormentas.






