El poder mundial ya no se mueve solo en embajadas, ministerios o cumbres diplomáticas. Hoy también circula por oficinas privadas, fondos de inversión, laboratorios de inteligencia artificial y empresas capaces de procesar millones de datos en tiempo real. En ese nuevo tablero aparece Peter Thiel, cofundador de PayPal, fundador de Palantir Technologies y uno de los rostros más influyentes de la llamada derecha tecnológica global.

Su reciente paso por Sudamérica no fue una visita cualquiera. El 23 de abril de 2026, el presidente argentino Javier Milei recibió oficialmente a Thiel en la Casa Rosada, junto al canciller Pablo Quirno y representantes de Thiel Capital y Founders Fund, según informó la propia Presidencia argentina. Reuters también registró la salida del empresario desde la sede presidencial tras su reunión con Milei.

La visita se produjo en un contexto especialmente sensible: Argentina acaba de anunciar el programa “Gemelo digital social”, una herramienta basada en inteligencia artificial para procesar datos de distintos organismos públicos y privados con fines de predicción y diseño de políticas públicas. El anuncio abrió dudas sobre privacidad, protección de datos y vigilancia estatal; incluso se especuló con una eventual participación de Palantir, aunque el proveedor tecnológico no ha sido confirmado oficialmente.

El problema no es solo empresarial. Es ideológico. Thiel ha sostenido públicamente una mirada profundamente crítica de la democracia. En un ensayo publicado en 2009 por Cato Unbound, escribió que ya no creía que libertad y democracia fueran compatibles. Esa frase se ha transformado en una clave para entender el trasfondo político de su influencia: una corriente que mira con sospecha el gobierno democrático tradicional y promueve modelos de conducción más próximos a la lógica corporativa, tecnocrática y elitista.

En esa zona aparece la llamada “Ilustración Oscura” o dark enlightenment, una corriente asociada a sectores neorreaccionarios de Silicon Valley que cuestionan la democracia liberal y fantasean con modelos de administración política encabezados por figuras empresariales fuertes: una suerte de “CEO Monarca”, donde el Estado deja de ser concebido como una comunidad política de ciudadanos y pasa a operar como una corporación dirigida desde arriba.

Palantir es el brazo tecnológico de esa visión. La empresa, especializada en análisis masivo de datos, defensa, inteligencia y seguridad, ha construido su influencia en torno a plataformas capaces de integrar información dispersa, detectar patrones, cruzar identidades, anticipar amenazas y apoyar decisiones en contextos críticos. En su propia narrativa corporativa, Palantir se presenta como una compañía que impulsa decisiones en tiempo real, basadas en inteligencia artificial, tanto en gobiernos como en empresas estratégicas.

Uno de sus sistemas más conocidos es Gotham, plataforma asociada a inteligencia, defensa y seguridad. La polémica radica en que este tipo de herramientas no solo ordena datos: también puede modificar la forma en que los Estados vigilan, clasifican, persiguen o intervienen sobre poblaciones. Wired informó que Palantir integró modelos de inteligencia artificial en software vendido a agencias de inteligencia y defensa de Estados Unidos, con el objetivo de ayudar a analistas a identificar patrones y tomar decisiones en situaciones de alta presión.

La discusión se volvió todavía más intensa tras la publicación de un manifiesto de 22 puntos vinculado a The Technological Republic, libro del CEO de Palantir, Alex Karp. En ese texto, la empresa plantea que Silicon Valley tiene una obligación moral de participar en la defensa nacional estadounidense, sostiene que las armas con inteligencia artificial serán construidas de todos modos y afirma que la era de la disuasión atómica está dando paso a una nueva etapa basada en IA.

En otras palabras: Palantir no se presenta únicamente como una empresa de software. Se muestra como un actor político-tecnológico dentro de una nueva arquitectura de poder occidental, donde la defensa, la seguridad nacional, la inteligencia artificial y la industria privada se fusionan cada vez más.

Ese es el trasfondo que hace inquietante su llegada al Cono Sur. En Argentina, Thiel fue recibido por Milei en la Casa Rosada. En Chile, su paso fue más reservado, pero no menos significativo. BioBioChile informó que, tras su paso por Buenos Aires, Thiel cruzó a Santiago para reunirse con Johannes Kaiser y José Piñera, arquitecto del Código Minero chileno. El mismo medio señaló que también trascendió, sin confirmación oficial, un posible encuentro con el presidente José Antonio Kast.

El Mostrador agregó un elemento clave: según relató el propio Johannes Kaiser en una entrevista, Thiel habría mostrado interés en invertir en minería en Chile y Argentina, no en “minería de datos”, sino en metales y recursos naturales del Cono Sur. Ese dato abre una segunda dimensión del debate: no solo se trata de vigilancia, inteligencia artificial o defensa, sino también de recursos estratégicos, energía, minerales críticos y soberanía económica.

Chile, además, aparece en otro registro relevante. El Mostrador informó que Thiel inscribió la marca Palantir en el país, aunque también existían otras disputas y registros asociados al nombre, incluso vinculados a los derechos cinematográficos de El Señor de los Anillos. El mismo artículo señala que, hasta ahora, no existe información pública sobre negocios entre Palantir y las Fuerzas Armadas chilenas en los listados revisados de proveedores del Ejército, la Armada y la FACH.

Esa ausencia de información pública no elimina la preocupación. Al contrario, la profundiza. Cuando se trata de software de defensa, inteligencia o seguridad, muchas contrataciones pueden quedar cubiertas por normas de reserva, leyes de inteligencia o mecanismos de confidencialidad. Por eso, el punto central no es solo si Palantir ya opera o no en Chile, sino bajo qué reglas podría operar una empresa de estas características en áreas sensibles del Estado.

La pregunta de fondo es democrática: ¿quién controla a quienes controlan los datos? ¿Qué límites existen cuando una empresa privada puede proveer herramientas para integrar información policial, militar, migratoria, financiera o social? ¿Puede un Estado democrático entregar capacidades estratégicas de vigilancia o predicción a corporaciones extranjeras sin debate público, sin control parlamentario y sin transparencia ciudadana?

La visita de Thiel a Chile y Argentina instala una advertencia mayor: el futuro del poder ya no se juega solo en elecciones, congresos o gobiernos. También se juega en los algoritmos que deciden qué datos importan, qué amenazas se priorizan, qué territorios se observan y qué ciudadanos quedan bajo sospecha.

En el nuevo mapa global, los “tecnobarones” no necesitan ganar elecciones para influir en el destino de los países. Les basta con vender la infraestructura invisible del poder: software, inteligencia artificial, vigilancia, datos y capacidad predictiva.

Y ahí está el riesgo: que el ciudadano deje de ser tratado como sujeto de derechos y pase a ser administrado como dato, perfil, patrón o amenaza.

La ofensiva de Palantir en el Cono Sur no es solo una noticia tecnológica. Es una señal política. Porque cuando la democracia se vuelve lenta, imperfecta y conflictiva, siempre aparecen quienes prometen reemplazarla por eficiencia, control y algoritmos.