Más allá de las notas: el bienestar emocional se instala como uno de los principales desafíos de la educación chilena

El aumento sostenido de casos de ansiedad, estrés académico y desmotivación entre niños y adolescentes ha puesto la salud emocional en el centro de la conversación educativa en Chile. Para Brincus, colegio online, este escenario confirma que el bienestar emocional dejó de ser un tema paralelo al aprendizaje para convertirse en una condición base para que este ocurra.

Distintos estudios publicados durante el último tiempo han encendido las alertas: una parte importante de los estudiantes de enseñanza básica y media presenta síntomas de ansiedad, estrés o malestar emocional, y el ausentismo escolar grave también ha crecido en los últimos años. La evidencia apunta en una misma dirección: el bienestar emocional y el sentido de pertenencia inciden directamente en la motivación, la asistencia y los aprendizajes de los estudiantes.

«Durante años centramos la conversación educativa casi exclusivamente en los resultados académicos, como si un estudiante pudiera aprender bien estando mal emocionalmente. Hoy sabemos que no es así», señala Matías González, fundador y director de Brincus.

Frente a este panorama, el aprendizaje personalizado aparece como una respuesta concreta. Al ajustar ritmos, horarios y niveles de exigencia a la realidad de cada estudiante, este modelo permite aliviar parte de la presión académica que hoy alimenta cuadros de ansiedad y agotamiento, y abre espacio para un acompañamiento más cercano, capaz de detectar a tiempo señales que en un aula tradicional suelen pasar desapercibidas.

Para Brincus, esta discusión también se enmarca en un cambio normativo relevante: la nueva Ley de Convivencia Escolar exige a los establecimientos incorporar el bienestar socioemocional como parte de su gestión, y no solo como una iniciativa aislada. En ese contexto, cada vez más familias buscan modelos educativos que pongan a la persona antes que la nota, y que entiendan que un estudiante contenido emocionalmente aprende mejor y de forma más sostenible en el tiempo.

«No se trata de bajar la exigencia académica, se trata de entender que las notas son consecuencia de un proceso, y que ese proceso empieza por cómo se siente el estudiante. Las familias chilenas ya lo están viendo así; al sistema educativo le toca ponerse a la altura», concluye González.

Más allá del debate sobre resultados y mediciones, el fenómeno refleja un cambio de mirada en la educación chilena. El bienestar emocional deja de ser un asunto secundario para transformarse en un eje central de la formación, y con ello, en un criterio cada vez más relevante para las familias a la hora de elegir cómo y dónde educar a sus hijos.

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