
Un escritor uruguayo escribía hace varios años que lo malo no era morir, sino que de la tierra no quedase ni un trozo de madera donde se lea el nombre de alguna persona, o de uno. Hoy, en un nuevo Día Mundial del Medio Ambiente, esas palabras resuenan como una advertencia funeraria en un Chile que parece empeñado en borrar su propia geografía. No hay nada que celebrar. La retórica de los discursos choca de frente contra la realidad del mapa chileno fracturado por la injusticia ambiental.
Mientras las conversaciones nacionales e internacionales llenan carpetas con promesas de descarbonización, en Huasco, Coronel o Quintero-Puchuncaví el aire sigue teniendo sabor a metal. En Melipilla instalan vertederos donde la gente se asoma por la ventana y en La Higuera sigue la discusión sobre Dominga y los impactos a un hotspot de biodiversidad único en el mundo. Las llamadas «zonas de sacrificio» se terminaron convirtiendo en una decisión política y económica que condena a gente a respirar el desecho del progreso.
Hablar de avances en Chile es un ejercicio miope. La ley de delitos económicos y el lento cierre de termoeléctricas son pasos mínimos ante una crisis que avanza a pasos agigantados, donde muchos intereses transformaron la protección ambiental en un lujo que se transa. El agua sigue atrapada en el laberinto de la propiedad privada mientras los ríos se secan.
No necesitamos más diagnósticos amables ni corporativismo verde que maquille la desidia. Exigimos un cambio de paradigma: detener habitar bajo el veneno y saldar la deuda histórica con las comunidades postergadas. Y ojo, que nadie impide el progreso, pero no a costa de la salud ni la biodiversidad.
Esta visión es drástica porque el dolor de los sitios vulnerados lo exige. La tierra que Gabriela Mistral describe con ternura maternal, se desangra a diario.
Salvar nuestro entorno no es un llamado ideológico o romántico, sino un acto de supervivencia y dignidad. Si no actuamos con coraje para detener la devastación, solo nos quedará el desierto de la memoria, contemplando un país donde los pájaros ya no tengan árboles donde cantar, ni nosotros un suelo donde enterrar nuestros nombres.






