Por qué la izquierda dejó de ser alternativa

Por David Cortés Páez

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Durante décadas, la izquierda y la centroizquierda fueron alternativas reales de poder porque lograron interpretar el sufrimiento social. No ganaban solo por programas, sino porque comprendían, con mayor o menor acierto, las relaciones rotas entre el Estado, la economía y la vida cotidiana de las personas.

Hoy eso se perdió.

Desde el análisis de Leonardo Lavanderos, el problema no es solo político, sino ecopoiético: la izquierda dejó de comprender cómo se reproduce la vida social como sistema de relaciones. Comenzó a mirar la sociedad como un conjunto de objetos a administrar, políticas públicas, indicadores, reformas, y dejó de mirar las relaciones vivas que sostienen la convivencia. La política se volvió gestión. Y la gestión se volvió lenguaje técnico. Pero las personas no viven en indicadores. Viven en vínculos. Desde esta perspectiva, la derrota de la izquierda no es solo electoral: es relacional.

Cuando una persona dice “tengo miedo”, la política responde con un plan.

Cuando dice “me siento abandonado”, responde con un programa.

Cuando dice “me están abusando”, responde con un informe.

Ahí se produce la disociación.

Lavanderos lo plantea con claridad: cuando una cultura deja de cuidar sus relaciones fundamentales, entra en un proceso de inviabilidad. Y eso es exactamente lo que ocurrió con la izquierda institucional: dejó de sostener la relación entre emoción, cultura y política.

A esto se suma un fenómeno nuevo, que desarrollo en Poder, datos y emociones: el territorio del poder cambió. Hoy los problemas públicos no nacen primero en los partidos ni en los movimientos sociales organizados. Nacen como emociones colectivas que circulan en redes sociales, en videos, en comentarios, en conversaciones digitales. Esas emociones se transforman en datos. Y esos datos comienzan a definir qué temas entran o no a la agenda pública.

El poder ya no se ejerce solo desde el Estado. Se ejerce desde los algoritmos que ordenan la atención.

La izquierda no entendió este cambio.

Siguió hablando como si el espacio público fuera el Parlamento, cuando en realidad se había trasladado a las plataformas digitales. Pero tampoco quiso entrar plenamente ahí, porque hacerlo implicaba algo incómodo: volver a escuchar emociones reales, no solo discursos correctos.

Mientras tanto, otros sí lo hicieron.

La ultraderecha entendió que la política hoy se mueve por emociones, pero eligió hacerlo desde el miedo y la rabia, sin ética ni responsabilidad institucional. La derecha tradicional ofreció orden, pero sin interpretación del dolor social. La izquierda, atrapada en su propio lenguaje técnico, quedó sin pueblo. Desde la ecopoiesis, esto es clave: no basta con tener razón normativa si se perdió la conexión relacional.

Una política puede ser correcta en el papel y completamente inviable en la vida real. Y desde la lógica del poder algorítmico, el problema se agrava: si no logras traducir el sufrimiento social en narrativa comprensible, otros lo harán de forma simplificada, distorsionada o manipuladora. La izquierda dejó de ser alternativa porque dejó de ser intérprete. Renunció a leer el mundo emocional de las personas y se refugió en la seguridad de la tecnocracia.

El resultado fue una política sin alma.

La salida no es volver al pasado, ni radicalizar la disrupción sin reglas. La salida es construir algo distinto: una política capaz de integrar emoción y razón, territorio digital e institucionalidad, datos y humanidad.

Lo que se necesita hoy es disrupción con orden, pero también con ecología relacional. Una política que no vea los problemas sociales como objetos aislados, sino como relaciones dañadas que necesitan ser reparadas.

Una política que entienda que los datos no son neutrales, sino huellas emocionales de una sociedad en tensión. Una política que vuelva a escuchar antes de administrar. Si la izquierda quiere volver a ser alternativa, tendrá que dejar de hablar solo de sí misma y volver a hablar desde la vida real de las personas. Porque ninguna fuerza política puede sostenerse cuando pierde el vínculo con la forma en que una sociedad siente su propio mundo.